Cuentas pendientes. Por fortuna, no se trata de asuntos propios del peculio, sino de palabra dada que obliga, y por méritos personales, de quien lo siguiente escribió, con amabilidad tal, que más se asemeja a un retrato ácido-como así corrobora otro notable hombre bueno del tribunal colegiado-que a una caricatura en si.
En lo demás, trabajado está el otro ejercicio, que entra, sin ayuda divina, con la cabeza alta y el cuello maltrecho.
Por Pepe de la Torre.
Su locuacidad es precisa y contundente, sus decires llenos de argumentos y abogaderas, de lo que bien conoce y de lo que se inventa.
Ejecuta una digna interpretación teatral mientras imparte su magisterio. Tiene una exposición diáfana y sobrada, como pedagogo determinado por su composición genética. Se empeña en extraer las palabras adecuadas del laberinto de nuestros torpes pensamientos.
Ante nuestros desaciertos alterna una exposición contrariada y gesto agrio, a la vez que sarcástico. Pero siempre mantiene un empaque sereno, de ceño alzado, tan irónico como simpático.
Habla como si sentencie. Tiene aspecto sonrosado de leñador alpujarreño. Con cuellos escarolados sería un auténtico Enrique VIII.
Más que picapleitos aspira a ser Juez Supremo.
Por Esther Ortega.
Dimas el ladrón, era astuto como un zorro. Sus ojos de hiena, hacían contrapeso con su quijada de cabra montesa. Rumiante en su hacer y ave de rapiña en la sisa, avaro como pocos: era capaz de no beber ni agua, con tal de ahorrarse el tener que ir al baño.