ADVERTENCIAS: *Queda terminantemente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos ofrecidos a través de este medio, salvo autorización expresa de sus respectivos autores, quienes poseen la titularidad de los mismos. **Los contenidos que ofrece esta página, son el resultado de los ejercicios realizados en el taller de narrativa, donde los autores desconocen, previamente, la naturaleza de los mismos. En definitiva, son fruto de la improvisación; narración desnuda. Como tal, son expuestos aquí, sin corrección ortográfica, gramatical o de estilo. ***Para cualquier comentario, sugerencia, duda, denuncia por uso inadecuado u otras incidencias, puede contactarse con el coordinador del taller y moderador de este blog, Juan Sedeño, a través de los medios de contacto que puedan facilitar los responsables de la Biblioteca Pública Municipal "Cristóbal Cuevas", o directamente, a través de este blog.
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martes, 26 de octubre de 2010

Prosopografía

Pongo el siguiente ejercicio como ejemplo. Permitiéndome la pequeña maldad (que no crítica) de comentar que su autor acude a un recurso muy socorrido (se las sabe todas...Y seguro que él comentaría lo mismo, a la inversa, si el ejercicio fuera ajeno), es obligado destacar que su especial significado radica (dejando aparte el detalle del color del cabello y su referencia a que es más bien largo) en que DESCRIBE LO ESPECÍFICO, LO QUE HACE DISTINTO A SU PERSONAJE, RESPECTO A LO COMÚN. No habla de un hombre con cabeza, dos brazos, dos piernas...nos cuenta lo que Don Antonio tenía de particular. Ahí va.
Por Paco Torres.
Don Antonio, el cura. Lo que más me llamaba la atención en él era el pelo. Tenía el cabello de color castaño, lacio; más bien largo, entreverado de canas. Las cejas muy pobladas de pelos largos, dóciles, y en perfecto orden descendente desde el entrecejo hacia la sien. Cuando leía, ayudado por sus gafas de montura dorada, y bajaba la mirada en dirección al texto, era frecuente que un mechón de sus largos y lacios cabellos le cayese sobre la cara. Él, con gran parsimonia, extendía la mano y colocaba los cabellos rebeldes en su sitio. Las manos de don Antonio eran grandes. Los dedos largos, finos y blanquísimos, estaban coronados en su primera falange, por moñitos de pelo. Los pelos más tupidos que yo haya visto sobre unos dedos. Sin embargo, su rostro, enjuto y de tez también muy blanca, lo recuerdo siempre impoluto sin la más mínima señal de barba.