ADVERTENCIAS: *Queda terminantemente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos ofrecidos a través de este medio, salvo autorización expresa de sus respectivos autores, quienes poseen la titularidad de los mismos. **Los contenidos que ofrece esta página, son el resultado de los ejercicios realizados en el taller de narrativa, donde los autores desconocen, previamente, la naturaleza de los mismos. En definitiva, son fruto de la improvisación; narración desnuda. Como tal, son expuestos aquí, sin corrección ortográfica, gramatical o de estilo. ***Para cualquier comentario, sugerencia, duda, denuncia por uso inadecuado u otras incidencias, puede contactarse con el coordinador del taller y moderador de este blog, Juan Sedeño, a través de los medios de contacto que puedan facilitar los responsables de la Biblioteca Pública Municipal "Cristóbal Cuevas", o directamente, a través de este blog.
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viernes, 24 de septiembre de 2010

Otoño y el patio revuelto.

Efectivamente, compruebo que el patio anda pero que muy revuelto, y es por ello que me veo en la necesaria obligación de...alborotarlo mucho más. Con el gusanillo de escribir estáis, y con ganas de que os lean, disfrutáis. Pues MÁS, MÁS, MÁS...
Desde aquí os invito a que alguien comience una historia. Libertad total. Servidor la cuelga en el blog, y el/la que le apetezca que la continúe, y así, más, más y más. ¿Cómo? Mandáis el texto como comentario y yo lo subo a la entrada. Sencillito. ¿Qué orden seguir? Como tantas cosas en la vida, el primero que llegue, se lo lleva al huerto. El segundo, se queda con las manos vacías. Así que corred, mentes creadoras. ¿No sentís curiosidad por ver dónde llegamos? Yo mucha.
¿A qué estáis esperando? Y un último apunte: puede enviar texto todo el mundo, participe o no en el Taller. Ahí queda el reto.



"La cogí de la playa. Tenía una reverberación especial, al menos mientras estuvo mojada. Cuando llegué a casa, desilusión, seca era una piedra vulgar. La puse sobre la mesa de mi biblioteca, con la intención de tirarla por la mañana. Cuando fui a cogerla, después del desayuno, no estaba. No albergaba duda: la noche anterior la puse allí. Comencé a sudar; vivo solo.
Vivo solo y soy muy supersticioso. De inmediato vinieron a mi mente las leyendas que conocía sobre piedras mágicas. Traté de encontrar una respuesta lógica dentro de mi irracionalidad: "si ayer la cogí porque me llamó la atención su brillo, y luego su luz se apagó; debe tener algún significado". Busqué la maldita piedra por toda la habitación. ¿Y si la había puesto en un sitio distinto del que recordaba? Miré debajo de los muebles y las alfombras. Dentro de los cajones del escritorio. Ni rastro. Parecía como si se la hubiera tragado la tierra. Incluso pensé que lo había soñado. Cuando estaba a punto de convencerme de que todo era fruto de mi imaginación, en una rendija del parquet comenzó a titilar una débil luz.
Al cabo, la luz agigantó su presencia, de suerte que un impetuoso haz se proyectaba sobre el techo de la habitación, obligándome a apartar la mirada. Mi corazón latía con la misma cadencia que un caballo desbocado; por momentos, sentí la apremiante necesidad de vomitar. De espaldas al rayo luminoso, mi cabeza se disparó en mil direcciones. Cuando recuperé parte de mi conturbado ánimo, las ideas convergían en un punto de intersección. Satisfacer mi voraz curiosidad suponía un tributo simple de abonar, aunque no asumible. De entrada, no. Hubiese bastado con bajar al sótano, registrar la desordenada caja de herramientas y traer conmigo un membrudo destornillador con el que podría levantar un segmento de madera, tal vez dos. Poder hallar la respuesta que tanto deseaba se encontraba a un paso equidistante a la locura. Un paso imposible de asumir. Mi natural irracionalidad cedió por imperativo del miedo. No al descubrimiento en si, sino a admitir que solo un soñador o un loco podrían considerar la idea de que, bajo el suelo, se hallaba un ente inanimado con una inexplicable aptitud mágica. Estaba dispuesto a poner en entredicho mi capacidad de ensoñación; más allá: una delgada línea que no estaba dispuesto a cruzar. Por el reflejo pude intuir que aquella desquiciante luz no había menguado ni un ápice. Con el estómago encogido por tanta emoción contradictoria, pensé: que alguien acuda a solucionar aquel fárrago. Recé por la temprana aparición de un verdadero deshacedor de galimatías.
No soy un soñador, ni un loco, y para convencerme de que allí debajo no hay nada sobrenatural, descendí al sótano a buscar una herramienta para levantar las tablas de madera del parquet y acabar con este embrollo.El destornillador no entraría en las finas ranuras, mejor me llevo esta lima de hierro. Al subir con torpeza y llegar al final de las escaleras, me di cuenta de que la habitación estaba totalmente oscura.
Mientras me debatía entre el miedo y la curiosidad, observé con asombro que la luz cambiaba de color y se tornaba en azul turquesa, a veces pardo y otras luminoso como el mar; pensé si aquel ente no era tan inanimado como yo creía. De pronto la luz azul turquesa dio paso a una tonalidad violeta, No podía apartar la vista de aquel fenómeno, el miedo se estaba apoderando de mí.
Tomé una gran linterna, que también guardo en el sótano, cambié la lima por una buena palanca-“pata de cabra”- y subí. Con más fuerza que maña, levanté madera y parqué hasta acceder a la luz. Por fin aparecía la dichosa piedra, pero ahora no emitía ninguna luminosidad.No pienso dejarme sorprender otra vez. Pulsé el interruptor de la luz. La habitación volvió a la normalidad. La piedra era de nuevo eso: una piedra.Espoleado, antes, por mi curiosidad que por mi miedo, me decidí a investigar. Tomé la piedra y la pegué, con uno de esos pegamentos extrafuertes, a un posavasos que dejé en el mismo sitio que la primera vez...A media noche me volvió a despertar la luz, ahora provenía del altillo de la librería, cerca del techo. La piedra, con posavasos y todo había vuelto a cambiar de lugar. Me costaba trabajo respirar, pero no me di por vencido.Cuando el oficial de bomberos que había forzado la puerta entró, precediendo al policía -los vecinos habían avisado-, de esa casa provenían ruidos y su inquilino no daba la cara desde que comenzaron a oírse- ambos quedaron perplejos. Piedras y más piedras pegadas en todos los rincones de la vivienda y el suelo- sobre el que yacía un hombre con una palanca fuertemente agarrada- destrozado.".