Un ejercicio donde es obligatorio el uso de seis palabras; cinco que siguen una serie (niña, bosque, flores, lobo y abuela) y el elemento nuevo: la palabra helicóptero. Nos imaginábamos el parto de una Caperucita muy especial...y aquí tenemos una.
Por Antonio Maraver.
En un bosque, allá donde el helicóptero dejó a niña y abuela, llegó Pepe Flores. El lobo apareció después. No. Había un bosque que se animaba por las noches de luna llena. Las hojas tomaban formas siniestras y se respiraba tensión entre ellas por la forma en que se miraban. Algunas mostraban el envés para evitar problemas; con eso os lo digo todo. Además, los pinos retaban a los demás árboles a ver quiénes ponían las caras más horrendas para castigo de los desventurados que llegaran por allí.
En ese mismo bosque había flores. Eran de todos los colores imaginables: azul, gris, verde, escapo, naranja, romana, rusco, etc, etc. Jugaban al corro de la patata y se reían de lo serios y amenazadores que se ponían los árboles.
Esas flores las cogía una niña llamada María Bernarda. Esta niña solía recoger entre cinco y seis kilos todos los días mientra entonaba el "Can you feel it?" de los Jackson's five y saltaba de árbol en árbol como si tal cosa.
Las flores se las llevaba a su abuela, María Romualda. Era esta señora de avanzada edad, de entre unos 90 y 110 años, con un lacito rosa en el meñique derecho. Roncaba ligeramente durante la noche y de día...también (hubo quien creyó que aquello era un aserradero). María Romualda padecía de muchas cosillas.
El lobo era el malo de la historia, y como tal se metía en todos los líos posibles: desanudaba el lacito de la abuela, se metía en el corro de las flores, hacía muecas de miedo a los árboles y, para colmo, cantaba "Mi carro" cuando oía a la niña entonando su canción.
Existía también un helicóptero medio lelo, cuya principal tarea consistía en sobrevolar el bosque para ver que todos se comportaran medio bien, al menos. Lo pilotaba con mano de hierro un tal Antonio Maraver, alias "Cosmos", que a estas horas está en paradero desconocido.
Quedaron el bosque, las flores, la niña. la abuela, el lobo y el helicóptero a las seis y ocho minutos de la tarde, tras mucho regatear. Iban a competir para saber quién era el mejor de la historia.
Ganó el bosque, que quedó encantado por ello. Para mí que presionaron al jurado. Las flores lo dejaron todo lleno de polen como forma de protesta. Niña y abuela se hicieron la puñeta mutuamente, pues en realidad no eran de la misma sangre, sino que la niña había adoptado a la abuela. El lobo puso varias cargas de dinamita, de las cuales ninguna hizo explosión, y el helicóptero se quedó más lelo que cuando llegó. Eso sí, los recogió a todos, rumbo a una nueva historia en que fueran necesarios.
Y azulín, azulado, este cuento se ha acabado.
Por Antonio Maraver.
En un bosque, allá donde el helicóptero dejó a niña y abuela, llegó Pepe Flores. El lobo apareció después. No. Había un bosque que se animaba por las noches de luna llena. Las hojas tomaban formas siniestras y se respiraba tensión entre ellas por la forma en que se miraban. Algunas mostraban el envés para evitar problemas; con eso os lo digo todo. Además, los pinos retaban a los demás árboles a ver quiénes ponían las caras más horrendas para castigo de los desventurados que llegaran por allí.
En ese mismo bosque había flores. Eran de todos los colores imaginables: azul, gris, verde, escapo, naranja, romana, rusco, etc, etc. Jugaban al corro de la patata y se reían de lo serios y amenazadores que se ponían los árboles.
Esas flores las cogía una niña llamada María Bernarda. Esta niña solía recoger entre cinco y seis kilos todos los días mientra entonaba el "Can you feel it?" de los Jackson's five y saltaba de árbol en árbol como si tal cosa.
Las flores se las llevaba a su abuela, María Romualda. Era esta señora de avanzada edad, de entre unos 90 y 110 años, con un lacito rosa en el meñique derecho. Roncaba ligeramente durante la noche y de día...también (hubo quien creyó que aquello era un aserradero). María Romualda padecía de muchas cosillas.
El lobo era el malo de la historia, y como tal se metía en todos los líos posibles: desanudaba el lacito de la abuela, se metía en el corro de las flores, hacía muecas de miedo a los árboles y, para colmo, cantaba "Mi carro" cuando oía a la niña entonando su canción.
Existía también un helicóptero medio lelo, cuya principal tarea consistía en sobrevolar el bosque para ver que todos se comportaran medio bien, al menos. Lo pilotaba con mano de hierro un tal Antonio Maraver, alias "Cosmos", que a estas horas está en paradero desconocido.
Quedaron el bosque, las flores, la niña. la abuela, el lobo y el helicóptero a las seis y ocho minutos de la tarde, tras mucho regatear. Iban a competir para saber quién era el mejor de la historia.
Ganó el bosque, que quedó encantado por ello. Para mí que presionaron al jurado. Las flores lo dejaron todo lleno de polen como forma de protesta. Niña y abuela se hicieron la puñeta mutuamente, pues en realidad no eran de la misma sangre, sino que la niña había adoptado a la abuela. El lobo puso varias cargas de dinamita, de las cuales ninguna hizo explosión, y el helicóptero se quedó más lelo que cuando llegó. Eso sí, los recogió a todos, rumbo a una nueva historia en que fueran necesarios.
Y azulín, azulado, este cuento se ha acabado.