En medio de una resaca de padre y muy señor mío me hallo, por culpa de una desbocada anarquía creativa que se apoderó del Taller, como no puede ser de otra forma, después de ocho sesiones. Lástima no contar con una aspirina a mano. Y, aún, sigo sin conocer las letras de un maestro del canto, con nombre artístico de material de costura. Tal vez, en otra ocasión…
En fin, aquí va el primero.
En fin, aquí va el primero.
Por Amor de Pablo.
En el taller de escritura, como ejercicio, debo escribir un texto en tono de reflexión, crítica o moraleja. Me decido por la reflexión. La crítica me sale mejor hablada que escrita; además necesito un contrincante y sobre el papel mi único adversario es la falta de imaginación. Menudo adversario por otra parte. En cuanto a la moraleja la descarto inmediatamente. No me creo capacitada en absoluto para escribir algo que, además de calidad literaria, contenga lección, enseñanza o consejo para el que tenga la desgracia de leerlo. Volviendo al tema de mis desvelos. Reflexión. En el diccionario, al que últimamente recurro con mucha frecuencia, aparecen siete u ochos acepciones de esta palabra. De entre todas hay dos que llaman mi atención. La primera dice: "Reflexión es la acción de reflejar o reflejarse". Desde mi infancia me fascinan los espejos. Recuerdo, siendo muy pequeña, haberme pasado horas enteras mirando fijamente el que había en la cómoda de mi abuela; una cornucopia de madera oscura que me atraía como un imán. Me quedaba allí acechando mi imagen en el cristal biselado, esperando algún tipo de magia que me trasportara al otro lado. También recuerdo que miraba mis ojos como si fueran los de una desconocida. Fijaba mis pupilas en el duplicado de estas con tal intensidad que me escocían los ojos, saltándome las lágrimas. Cuando ocurría esto, tenía forzosamente que parpadear y al volver a escrutar mi propia mirada, por el efecto del lagrimeo, obtenía la fugaz impresión de estar viendo una cría que no era yo. Mejor dicho, era yo pero distinta, mejor. Mi transformación en la niña que anhelaba ser. No he perdido esta costumbre. Cuando me siento mal conmigo misma, me planto delante del espejo y a veces consigo vislumbrar a la mujer que pretendo ser. En esos momentos creo que por fin he conseguido hallarme a mi misma aunque sea a través de mi reflejo. Y esto me lleva a la segunda acepción del diccionario. A saber: "Reflexión es el acto del entendimiento por el cual el espíritu se conoce a si mismo".