Ya llegarán, en su momento, lo ejercicios en tercera persona.
Por Miguel Ángel Jiménez.
"La lectora".
Siempre me gustó viajar en tren. Es el medio de transporte más civilizado, dicen. Tomo el cercanías a diario para acudir a trabajar. Siempre observo a la gente a mi alrededor. Los rostros son anónimos, rutinarios, soñolientos, cansados, una amalgama de emociones similares que no añaden nada de emoción al viaje. Me gusta pensar, para aislarme, en los grandes clásicos del cine que transcurren en ferrocarril, en esos personajes sofisticados que viajan en compartimentos independientes, en esos grandes romances que surgen en un almuerzo de camino a Viena, mientras las ventanillas nos muestran los hermosos paisajes de Centroeuropa.
Normalmente los pasajeros que comparten mi ruta no leen nada más profundo que los periódicos gratuitos que reparten en la estación, por lo que hoy quedé sorprendido al poder observar a alguien diferente. Se trataba de una hermosa muchacha que no apartaba la vista de un hermoso y grueso volumen de tapas doradas, que sostenía con las dos manos, como si no pesara nada. Me di cuenta de que podía dirigir mi mirada a ella con indiscreción, pues nada parecía que pudiera apartarle del mundo de ficción en el que se había zambullido. La miré con placer durante un buen rato. Fantaseé con la posibilidad, remota debido a mi proverbial timidez, de entablar una conversación. Me resultaba extraño el hecho de que la muchacha no pasara la página que llevaba tanto tiempo ante sus ojos. Bien pensado, ni siquiera se había movido desde que posé mi mirada sobre ella.
En un raro impulso de decisión me levanté y fui hasta su asiento, al menos para preguntarle si se encontraba bien. Al acercarme, me sobresaltó la palidez de su rostro y su mirada perdida. Estaba muerta. Un hombre maduro y elegante que se sentaba a su lado me dirigió la más seductora de sus sonrisas, tomó el libro de las frías manos de la muchacha y me lo ofreció. "Le he visto a usted muy interesado", me espetó. Durante unos segundos dudé si aceptar la invitación. Finalmente di la espalda a aquel hombre y volví a mi asiento. Mi rostro volvió a transformarse en un rostro anónimo, rutinario, soñoliento, cansado.
Por Rosa Gatón.
He venido al parque como de costumbre a leer un rato; algo distrajo mi atención: en mi mente aparecen recuerdos de mi niñez, aquella que con tanta prisa quería dejar atrás para disfrutar de todo lo prohibido. Siempre me decían: eso lo harás cuando seas mayor, pero los minutos no daban paso a las horas, transcurría todo lentamente...Pasaron los años y ahora llega el momento de saborear todo lo que he tardado tanto en aprender, pero ya nada es igual. La vida pasa a velocidad de vértigo y cuando te vienes a dar cuenta que los achaques no te dejan disfrutar de aquello que querrías, los gritos de unos niños jugando me hacen salir de mis pensamientos; miro con asombro que abrí el libro pero no he conseguido pasar una página. Al final el tiempo se me echó encima.