Por Amelia de los Ríos.
Sentado en el banquillo del Juzgado firmó el recibo, liquidando por fin el pacto que le había llevado hasta allí; después de años luchando por romper el lazo que lo tuvo atado a aquel despacho, quedando su juventud e ilusiones por el camino.
En el primer encuentro se quedó tan sorprendido cuando llegó al hotel y lo recibió toda la plana mayor del bufete, incluidos los directivos del grupo, agasajado con una estudiada y deslumbrante puesta en escena, a él, recién salido de la facultad, aún becario, ofreciéndole directamente asociarse como uno más, que no fue capaz siquiera de decir que se lo pensaría.
Hoy brindaría con gaseosa, pues ya siempre sería alcohólico, no tenía trabajo, casa, ni familia pero era la primera vez que se sentía feliz y libre. Sonó la alarma del móvil, la próxima cita: le esperaban en el albergue, defendería a los sin techo.
Sentado en el banquillo del Juzgado firmó el recibo, liquidando por fin el pacto que le había llevado hasta allí; después de años luchando por romper el lazo que lo tuvo atado a aquel despacho, quedando su juventud e ilusiones por el camino.
En el primer encuentro se quedó tan sorprendido cuando llegó al hotel y lo recibió toda la plana mayor del bufete, incluidos los directivos del grupo, agasajado con una estudiada y deslumbrante puesta en escena, a él, recién salido de la facultad, aún becario, ofreciéndole directamente asociarse como uno más, que no fue capaz siquiera de decir que se lo pensaría.
Hoy brindaría con gaseosa, pues ya siempre sería alcohólico, no tenía trabajo, casa, ni familia pero era la primera vez que se sentía feliz y libre. Sonó la alarma del móvil, la próxima cita: le esperaban en el albergue, defendería a los sin techo.